CAPÍTULO 1
La razón de este escrito es dejar constancia ante usted de que, después de muchos enigmas y momentos angustiosos que tuve que enfrentar, por fin, le fue revelada a mi intelecto la intriga increíble en la que me vi involucrado como principal protagonista, siendo yo, el único, hasta entonces, que desconocía esa confabulación. Sí, yo solo pude entender algo tan complejo, sutil e ingenioso, lo hago constar con todas las letras para que usted comprenda el repudio que me inspiran quienes lo planearon. Este es un testimonio de su ineficacia.
El despertar de la gran verdad fue en mí algo oscuro, como suele suceder con toda verdad que vale la pena conocer. Aquellas cosas que son obvias y evidentes por sí mismas se nos presentan de un modo tan claro y franco que una mirada nos basta para comprenderlas. Esa clase de verdades son de una utilidad menor, sirven para manejarse en el mundo cotidiano. Pero aquellas cuestiones secretas, las que nadie se atreve a decir, las que circulan a través de los gestos más austeros y se susurran en los pasillos, ésas no llegan de una vez sino que lo hacen lentamente, en cuotas, tal vez porque lo enorme debe ser advertido poco a poco o, tal vez, porque resulta tan inverosímil e ignominioso lo que se advierte que seguir esa huella resulta insoportable. Como un peso sobre el cráneo se lleva un presentimiento hasta que la mente puede animarse a imaginar lo inconcebible y se alcanza la libertad de asumir las cosas tal cual son. Así es, las verdades que valen la pena saber no son palmarias sino sorprendentes. Como nuestro intelecto sólo puede pensar con lo ya conocido y posee poca habilidad para lo extraordinario, no puede menos que causarnos campanadas de sobresalto su descubrimiento.
Retengo claramente en mi memoria cómo comenzó todo. Una madrugada de verano desperté en forma repentina, debido al calor o, quizás, obligado por un sueño premonitorio. Lo cierto es que nada podía recordar, nada había en mi mente que justificara alguna inquietud. Mi espíritu estaba calmo, sin embargo, el corte abrupto de mi dormir era sumamente extraño. De pronto me encontraba sentado en la cama con los ojos tan abiertos como dos soles y mi mente diáfana sin ningún signo de embotamiento nocturno. Nunca había vivido una experiencia similar, no quise darle mayor importancia y luego de un buen rato pude seguir durmiendo. Volví a despertarme de mañana. Comprobé que las agujas del reloj sobre la mesa de luz se habían fijado a las 7.00 hs., momento indicado para que sonara una chicharra, pero mi reloj de pulsera –que nunca separo de mi muñeca ni siquiera en sueños–, indicaba las 7.40. Esto significaba que llevaba cuarenta minutos de demora para mis tareas mañaneras habituales. Tuve que suspender el baño y el desayuno, sólo atiné a afeitarme rápidamente y salir para el Banco. No podía dejar de pensar en el camino en los dos sucesos que me habían acontecido: la súbita lucidez en plena noche y la detención de las agujas del despertador, justo cuando debía sonar la alarma. En el apuro por salir no verifiqué si se le habían acabado las pilas, consideré la posibilidad y esa suposición me tranquilizó un poco. En el colectivo pude sentarme, después de un rato. Al hacerlo, noté como clavaba su mirada en mí una hermosa mujer rubia que permanecía de pie. Esto me distrajo, por un momento, de mis anteriores pensamientos. La mujer, rápida como una gata en el monte, giró su cara y yo hice lo mismo. Luego pude observar a un hombre ubicado en un asiento de los de a dos, del lado interno, a mi misma altura. Leía un enorme diario desplegado. Siempre me llamó mucho la atención como algunas personas son capaces de comprar esos periódicos cuyas hojas extendidas parecen cortinas. Además, debo confesar, que me resulta bastante molesto que los abran en un sitio donde, justamente, lo que falta es espacio. Este individuo había abierto de par en par las dos hojas y, así, todo el diario expandido ocupaba buena parte del pasillo. Ese hombre también me estaba mirando, juzgué esto sólo una casualidad. Me molestaba la desconsideración con que había extendido esas hojas, tampoco me gustaban su calvicie, su barriga y sus ojos oprimidos por sus gruesas y negras cejas de enojo inocultable. ¿Creería acaso que estaba intentando leer algo que era de su exclusiva propiedad? ¿Se molestaba porque hubiéramos cruzado nuestros ojos esa mujer y yo? Mi mirada osciló unos segundos entre la rubia y el señor del diario, entre la fascinación y la indignación. Estupideces semejantes se le ocurren a uno a menudo cuando viaja en esos recorridos insulsos y cotidianos. Cuando el 12 ya estaba a la altura de Riobamba ambos personajes se acercaron a la puerta trasera con intención de bajar. Me pareció por demás curioso que lo hicieran al mismo tiempo, tal vez venían juntos. Pero no podía ser, el hombre había estado sentado y la mujer permaneció de pie todo el viaje. No había nada de sospechoso en que ambos bajaran a la vez. Él la dejó bajar primero, mientras doblaba su diario y lo colocaba bajo su axila izquierda. Entonces, me volvió a mirar con un gesto tan severo que logró preocuparme, tenía esas miradas amenazadoras de compadrito. Después de que hubieron bajado me tranquilicé. Al fin y al cabo ¿qué importancia podrían tener un par de miradas cruzadas en un colectivo? En esos viajes no hay mucho más entretenimiento que ver a los otros o espiar por la ventanilla, aunque el paisaje monótono que está detrás de los vidrios se repite día tras día, es tan conocido y aburrido que la tentación de encontrar un rostro nuevo en cada viaje no es fácil de vencer. A veces, el mejor momento que separa nuestra casa del lugar de trabajo es aquel en el que logramos curiosear las letras grandes de quienes leen esos periódicos. Llegué a convencerme de que la mirada enojosa de aquél hombre era por ese motivo. Es muy común esa respuesta fastidiosa hacia aquellos que pretenden leer, precisamente, “de ojito”. Acaso la mujer tuviera un motivo trivial para mirarme. Es sabido que muchas mujeres esperan que se les ceda el asiento cuando éste se libera, es un privilegio que las damas exigen a la caballerosidad (no se me ocurre mayor contradicción que exigir un privilegio). Como yo no lo hice, acaso su mirada –sin que yo me diera cuenta– fuera acusatoria también, mezcla de furia e impugnación, pero en dosis pequeñas, no mayor al valor de un boleto. Todo esto lo pensé en un relámpago de tiempo. Cuando el colectivo arrancó volví a observar a la pareja para verificar sus destinos. Ante mi asombro creí verlos a ambos conversando. No me gustó nada eso, finalmente demostraban abajo una familiaridad que escondían arriba del vehículo. Cualquiera hubiera ignorado el hecho; yo no. Podría haber pensado que se trataba de una simple casualidad, un hombre y una mujer bajan en una parada y uno de los dos le consulta al otro sobre una dirección, o bien, se tropiezan y se piden disculpas o, después de todo, ni siquiera hablan entre ellos sino que me da la impresión a mí de que lo hacen cuando busca cada uno su destino. No quise preocuparme de más, de todas formas algo me indicaba que a mi alrededor las cosas comenzaban a alterarse saliendo de su curso normal. Hechos tan comunes como los anteriores nunca antes me habían inquietado. Poco a poco el día revelaría más situaciones que provocarían mi suspicacia.
El trabajo en un Banco es de lo más rutinario. Muchas veces pensé que no es un trabajo para seres humanos. Cualquier máquina podría realizar lo que allí se hace –incluyendo la atención al público–, de una manera mucho más eficaz. La aparición masiva de cajeros automáticos me sugirió la posibilidad fantástica de que alguien hubiera leído mis ocurrencias. En forma paulatina e insensible todos nos convertiríamos en prescindentes. Luego, como es de esperar, seríamos reemplazados por aparatos. En cambio, en contra de lo evidente –es decir, del progreso de las máquinas sobre el hombre–, se suele garantizar el trato personal que los Bancos ofrecen a sus clientes. Las publicidades de estas entidades suelen mostrar a un señor o señorita que recibe al confiado ahorrista con una sonrisa tan grande que bien merecería ser la propaganda de una pasta dental. No hay nada más hipócrita que la sonrisa de quien nos recibe para que le entreguemos nuestro dinero. Bajo esa falsa confianza y familiaridad todos sabemos que se esconden los fines más mezquinos. El comercio del dinero no es más que la ruina de la economía. Los medievales sabían lo que hacían al desconfiar de los prestamistas. Los Bancos encubren su indecencia ofreciendo más dinero del que reciben. Sólo una entidad con suma vocación benefactora se comprometería a guardar, celosamente, bajo extrema seguridad armada y con garantía del gobierno nuestros miserables ahorros. Por supuesto que tal benevolencia no existe. ¿A quién le puede interesar semejante tarea como no sea por una enorme voluntad de engaño? Nos aseguran que nos devolverán más dinero del que les entregamos, cuando es por demás sabido que nadie, en su sano juicio, puede ofrecer más de lo que recibe (nadie da lo que no tiene diría un escolástico). ¿De dónde sacan los Bancos, pues, el dinero que no tienen? Es obvio, a través de otros clientes. Estos últimos recurren a esos mismos lugares a solicitar dinero (que es el mismo dejado por los primeros incautos), entonces, esta forma de la estafa institucionalizada se cristaliza de un modo impúdico. El Banco presta un dinero (que no es propio) exigiendo al deudor, para su devolución, mucho más (a esto lo llaman interés, y ya lo creo que lo es). Este plus sobrepasa enormemente el interés que el mismo Banco está dispuesto a pagarle a los inocentes que se lo entregaron en primer término. En eso consiste, justamente, el negocio de una entidad financiera. En suma, no es más que una reventa de dinero. ¿Cómo podría un sistema basado en esta operatoria no tener consecuencias abusivas o causar toneladas de arruinados? La clave de todo negocio consiste en cobrar más de lo que se paga o, dicho de otra manera, vender más caro de lo que se compra. El capitalismo triunfa para aquellos que saben aumentar sus ingresos disminuyendo sus egresos (esto se llama ganancia). Es evidente que lo anterior no sería posible para todos en una sociedad. Es la lógica de un juego de apuestas, el que gana se lleva lo de los demás. Sucede que para que esto funcione para algunos, otros –la mayoría– deberán tener más egresos que ingresos. A nivel social las consecuencias son inevitables y previsibles: crisis económicas, inflación, desempleo, marginación. ¡Y a este sistema le hemos entregado el porvenir!
Los compañeros que tuve, a través de diez años de trabajos forzados en el Banco, eran tan variados que merecerían pertenecer a una galería de personajes en novelas de escritores de primera línea. Estuve en varias sucursales: Caballito, Recoleta, Belgrano, Montserrat; de cada una de ellas, guardo el recuerdo de la gente con la que trabajé. De los miembros de ese elenco aprendí una lección acerca del ser humano. No hablo de lecciones de manuales de texto, no me refiero tampoco conocer los extremos de la naturaleza del hombre. Me instruí respecto del ser humano concreto, ese minúsculo y ordinario ser que no cabe en los grandes conceptos.
Marcelo era un cajero que vivía excitado todo el tiempo, no había comentario, palabra o gesto, que él no lo derivara, invariablemente, hacia una lectura sexual. Se le animaba a todo lo que tuviera apariencia de mujer. No le iba mal, alguna caía, lo favorecía su desenfado y una pinta de galán enmohecido que resistía a los treinta y cuatro años. Todavía podía notarse que, cuando el pelo no lo había defraudado con sus primeras canas o su emigración lenta, supo ser buen mozo. Uno nunca sabía con exactitud hasta donde llegaba la broma y cuándo empezaba a hablar con seriedad. La mayoría de las compañeras ya se habían acostumbrado a sus obscenidades. “El Banco me cagó
–repetía–. Entré, a los dos meses me había puesto de novio con una empleada de la Central, al año quedó embarazada, me tuve que casar y encima el Banco me prestó la guita para comprar el departamento”. Esa era su breve historia. “El Banco me cagó”, insistía con amargura. Es imposible olvidar sus ocurrencias, su inquieto deambular de una punta a la otra de esa jaula que privilegia y castiga: la caja. Una mañana, la gorda Carmen tomaba un yogurt en la cocina, siguiendo un régimen que no podía alcanzar. En el salón estaba su marido, se había acercado para hacerle un comentario, de paso, camino a su trabajo. El que vino con la información fue Marcelo, quien llegó a la cocina brioso como un pura sangre, en forma directiva y apremiante conminó a la gorda.
–¡Dale gorda sacáte los calzones antes de que venga tu marido!
La gorda Carmen ni lo miró, siguió bebiendo impunemente ese líquido espeso que se asomaba por la comisura de sus labios. Cuando terminó, depositó el pote vacío en la mano extendida de Marcelo que no dejaba de moverla en actitud teatral, indicando apuro.
–Empezá vos, entrenáte pasándole la lengua al envase –fue la respuesta que recibió.
La gorda Carmen se fue a ver a su esposo. Marcelo quedó algo perplejo o simulaba estarlo. Entonces, igual que un animal, empezó a lamer los restos del yogurt como si fueran las partes íntimas de la gorda, ante el festejo de Vilma. Marcelo sabía provocar el escándalo de las viejas que reían, con una impudicia mal disimulada, la gracia de sus procacidades.
El gerente Villagra era un individuo apegado a ciertos clientes a quienes estaba dispuesto a favorecer y con los que compartía prolongados almuerzos de trabajo. Varias veces volvía de esos almuerzos, después de tres o cuatro horas, tambaleándose un poco y haciendo preguntas de escasa inteligibilidad, con las que pretendía dar la impresión de estar preocupado por las operaciones del día. Después se sentaba en el sillón de su despacho y se adormilaba hasta la hora de la salida. Recuerdo cuando, en una tarde de sobriedad, me invitó a la gerencia a tener una charla. En verdad fue un monólogo aleccionador.
–Usted tiene un gran potencial Paulo. Pero lo está desaprovechando mi amigo. Usted es joven, pero le falta lo necesario para hacer carrera. Lo veo demasiado quedado, como sin ganas, le falta empuje, esto es una empresa...
El sinvergüenza ése quería darme lecciones a mí de contracción al trabajo. Yo me preguntaba si él habría sido eficiente, al menos una vez, en alguna tarea emprendida. Claro que, según dicen, los que no saben mandan. Pero ¿cómo habría llegado Villagra a ese puesto encumbrado? Me imagino que de igual manera como llega la mayoría, por acomodo y buenas relaciones. No era ésa la autobiografía que él exponía de su éxito.
–Mire, yo primero estudié Ciencias Económicas, hice posgrados en varias universidades. Es importante formarse para el trabajo que uno realiza. Además, la educación abre horizontes, hay que superar la estrechez de nuestra cultura. Nosotros estamos muy lejos de todo. Hay que contactarse con el mundo. Yo tengo unos familiares en California, no los conozco, pero ellos me mandan folletería y hasta pude hacer unos cursitos vía correo, sí créame, todo sirve. Mire yo me perfeccioné en Comercio Exterior y Relaciones Humanas...
De relaciones humanas era de lo que más entendía Villagra. Aunque pienso que para eso no habría tenido que estudiar. En una oportunidad preguntó por él una mujer platinada, maciza, de vestido estrecho que hacía notar sus excesos adiposos. Yo me sorprendí cuando Mauro me susurró al pasar:
–Otro yiro de Villagra.
La mujer lo esperó media hora, luego nos dijo que se tenía que retirar y que por favor le dijéramos que había venido a verlo Peggy. Con Mauro no resistimos la tentación, o mejor dicho, resistimos hasta que Peggy traspuso el umbral. Entonces nos miramos y comenzamos a cantar al unísono:
–Mary, Peggy, Betty, July, rubias de New York…
Y Villagra no paraba de hablar.
–El mundo es de los competentes, preparados y audaces. Fíjese en el ejemplo de los países como Japón. Ése es un pueblo emprendedor, con gente que trabaja, que se esfuerza, necesitamos ser menos argentinos y un poquito más japoneses. Y usted, Paulo, es demasiado argentino. Yo me lo imagino el fin de semana al sol con un asadito cercano y alguna minita en vista para salir a la noche. El asunto es que todo cuesta guita, de eso vivimos nosotros, los bancarios. Lo que pasa es que la gente es estúpida y cree que los bancos les van a dar la plata que ellos no se ganan. El resultado es que después tienen que trabajar el triple para devolverla.
Ahí estaba ese hombre, con la sabiduría mañosa de los triunfadores del sistema sentado en su cátedra. No me cabían dudas de que todo ese ornamento rebuscado de referencias a la importancia de la formación y el esfuerzo disimulaban las verdaderas razones de su progreso. Las artimañas sutiles de la infamia, la capacidad para derivar los asuntos más difíciles, la fingida apariencia de su docta ignorancia, la rapidez para encontrar culpables de sus propios desaciertos. Eran esos, seguramente, los verdaderos méritos que no me exponía.
–Esfuércese más Paulo, usted puede hacer las cosas mejor. Yo a su edad me llevaba el mundo por delante. Le digo más me tenían que parar por lo acelerado que andaba. A usted lo veo medio quedado, como si le faltaran fuerzas, motivaciones. ¿Qué le está pasando a la juventud? ¿Qué le pasa a usted? Dígame, confíe en mí.
¿Qué le podría haber confiado a un individuo tan poco confiable? Le tendría que haber dicho que me encontraba defraudado, como tantos, por el triunfo de los inescrupulosos como él. O tendría, directamente, que haberlo tomado del cuello y hacerle saltar la lengua hasta el ombligo.
–Le juro que quiero ayudarlo, usted tiene que mejorar su calificación. Bueno, para que se lo voy a negar, también se trata de ayudarme a mí mismo. Si usted mejora su calificación es porque se ha hecho más responsable por la tarea, ése es su gran déficit. Y si mejora su trabajo nos beneficiamos todos, se cometen menos errores, hay menos papelerío, más fluidez en las operaciones, menos quejas de los clientes, en fin. ¿Me comprende? Mi misión es que las cosas funcionen, es un trabajo difícil. No se imagina el grado de estrés que tiene toda tarea jerárquica. Si usted colaborara un poquito más. Mire, recién le hablé de los japoneses, podría ponerle otro ejemplo: el de los alemanes. Ellos estuvieron en la ruina absoluta después de la guerra y ¿cómo salieron? Con esfuerzo, disciplina y trabajo. Piense en esto de la disciplina, a veces lo veo perdido en el salón como bola sin manija, pensando en cualquier cosa. Prométame que se va esforzar un poquito más.
Me pregunto todavía, como lo hacía en ese momento mientras Villagra me hablaba, ¿quién le da poder a los ineptos? Ese debe ser el problema del mundo. Nos gobiernan los incapaces. Ni siquiera se trata de personas mal intencionadas. No sé cuál será el mecanismo que les prohíbe a los mejores el acceso a los puestos de conducción. Tal vez piensen que sus cualidades van a tener un reconocimiento natural y presentan currículums repletos de títulos y referencias ciertas, dan exámenes en igualdad de condiciones con aquellos a quienes aventajan, golpean puertas y esperan para ser atendidos, se esfuerzan y hacen las cosas mejor que el resto esperando vanamente el reconocimiento. No conocen los engranajes de la conjura, la envidia, la delación, el soborno, el amiguismo, la hipocresía o la prepotencia. Ahí estaba Villagra, exponiendo un incomprobable anuncio de posgrados truchos a distancia. Odiaba a ese hombre por todo esto y más porque pretendía darme consejos.
–Se lo digo por su bien, este es un Banco serio y sabe corresponder a sus empleados cuando ellos demuestran ser competentes. ¿Ya le hablé del ejemplo de los franceses? Ése es un pueblo intrépido. Yo he leído mucho sobre Francia. ¿Usted sabe que la torre Eiffel se está inclinando? Pero ya la van a enderezar. Ése es un país que respeta el arte. ¡Y cuánta gente talentosa ha surgido de ahí! Bueno, sin ir más lejos Francia estaba destruida después de la guerra. Si no fuera por De Gaulle. ¿Ve? Usted debería leer la vida de gente así. Pero, ¡qué va a ser! Nosotros somos españoles, italianos. ¡Bah, argentinos! Tiene que ser un poco menos argentino Paulo...
¡Te alcancen los venenos de los sacerdotes egipcios y las maldiciones de la momia errante! ¡Te enceguezca el iris de Rasputín! ¡No se te entierren pie con mano! ¡Que ardan langostas en tus úlceras y que el señor de Sipán te condene a la miseria eterna! No había en mí más que malos pensamientos para el inservible de Villagra. No porque fuera tan importante como para merecer semejante atención de mi desprecio. Él era para mí otra cosa, el símbolo más evidente y cercano de la demagogia decadente de toda la clase dirigente de mi país.
Mauro fue de lo más rescatable que encontré en mi paso por aquella honorable institución. Ciertos días nos aburríamos tanto que, para paliar ese tedio, se había fabricado un tablero de ajedrez en el sótano, donde estaba el archivo. A cada rato uno de nosotros bajaba y hacía una movida, después subía con la movida anotada en un papel que entregaba al otro. Nos aburríamos hasta de aburrirnos. El contador Beláustegui solía ser el blanco preferido de Mauro que tomaba en sorna la naturaleza sugestionable y la ampulosidad demostrativa de sus acciones. Beláustegui gustaba de hacerse notar –es el vicio de todos los petisos, me dijo una vez Mauro–, daba mil vueltas antes de firmar una simple planilla, revolvía otros papeles que nada tenían que ver y comentaba con todos en voz alta lo que iba a hacer. Esto provocaba las mil muecas de Mauro a sus espaldas y la aprobación burlesca de cada una de sus palabras. Mauro era un auténtico artista. Solía acercarse a Beláustegui con una nimiedad de fácil resolución pero que presentaba como un problema de interés nacional. Esto entusiasmaba al contador que se sentía más importante por ser requerido para una tarea que sólo él podía cumplir. El café de la tarde se lo preparaba Mauro con fina atención. Después me di cuenta cuál era el motivo de tanta deferencia. El café –Beláustegui pedía día tras día que se lo prepararan menos cargado– en verdad se hacía con el remanente de un florero. Mauro lo edulcoraba con un escupitajo de su propia producción y lo revolvía con el dedo. Otra que sufría el petiso Beláustegui era en el sótano. El sinvergüenza de Mauro lo incitaba a buscar documentos en unas cajas que él decía no hallar. El contador bajaba al sótano y le indicaba a Mauro, con la ceremonia típica de los sabelotodo, donde se encontraban las cajas con las planillas en cuestión.
–Allá arriba, arriba de todo el anaquel está lo que usted busca –le decía.
–Pero mire Beláustegui que yo busqué bien allá arriba y no encontré nada –respondía Mauro con malicia. Entonces Beláustegui tomaba el toro por las astas.
–Todo lo tiene que solucionar el contador –se quejaba con orgullo mientras agarraba la escalera de metal y se subía. Cuando estaba en lo más alto buscaba una caja que, por supuesto, Mauro se había encargado de sacar de ahí y colocarla en otro sitio mucho más alejado.
–Che, no la veo –decía Beláustegui.
–¿Está seguro? Busque bien –lo incitaba Mauro a una efímera gloria–. Busque más arriba, tenga cuidado.
El petiso Beláustegui se estiraba hasta quedar en puntas de pie en el escalón más alto, entonces Mauro le movía levemente la escalera haciendo que todas las seguridades del petiso tambalearan a un tiempo.
–Ojo que hay un tornillo flojo –amenazaba Mauro.
Era un doble desafío para Beláustegui, encontrar lo que altaneramente decía saber dónde se encontraba y superar su vértigo a las alturas. Al pie de la escalera Mauro y yo nos matábamos de risa o lo dejábamos solo allá arriba y nos íbamos.
–Che agarren la escalera que me voy a bajar –gritaba el contador cediendo en su impotencia, pero sin reconocer su ineptitud.
El vizco Chiesa era jefe de cuentas corrientes. La verdad es que tenía mal genio. Quizás estaba harto de treinta y cinco años de trabajo mal reconocidos. Se peleaba a menudo con el gerente, pero para ser sinceros, también lo hacía con los clientes. Un día un amable señor le preguntó cuánto tardaba un cheque de San Rafael, provincia de Mendoza. Le contestó que quince días. El cliente reaccionó con un lógico asombro por la demora en la acreditación.
–¡Pero es la Argentina! –dijo el cliente, y fue un error. El bizco Chiesa lo tomó como algo personal, como si fuera su responsabilidad la que estuviese en juego. Ese cliente le estaba echando en cara a él, a sus treinta y cinco años de trabajo abnegado su ineficacia, porque era él el responsable de semejante demora. Al menos así lo entendió Chiesa.
–Sí, es la Argentina, así es la Argentina, demasiado grande, todo tarda mucho –contestó Chiesa con tono agresivo.
–Bueno, no me conteste así –prosiguió el cliente, un hombre mayor que se sostenía en un bastón.
–Es así si le gusta y si no lo arreglamos afuera –lo amenazó Chiesa. De repente pegó un salto con un resto de su agilidad por sobre el mostrador y quiso empujar al estupefacto caballero hasta el exterior para pelearlo. Lo tuvimos que separar del pobre hombre cuando ya estaba echando espuma por la boca. El bizco Chiesa murió de un paro cardíaco tres días después.
El gallego Pérez, quien afirmaba cuando llegaba la primavera: “Si siguen haciendo estos días me baño”. Martita, que cubría su escritorio todas las mañanas con sus peluches para tornar más humana la tarea. Alexis, el rubio antinatural, que se quedó con un llavero de mi pertenencia con el pretexto de que me lo devolvería al día siguiente y cada vez que se lo reclamaba me invitaba a retirarlo en su casa. El polaco Livartsky que le mandaba cartas de amor fraudulentas a María Luz, la solterona, y las firmaba: Daniel (Daniel Messina nunca entendió las insinuaciones de María Luz). Andrés Blanco (apodado por mí Espartaco) quien comenzaba cada jornada con una invocación al Che Guevara y pedía al demonio (a quien llamaba Fosforito) que incendiara el Banco. Y tantos otros que viven en mí.
Volviendo al hilo de mi relato, recuerdo que un día o dos después del episodio del colectivo sucedieron una serie de hechos notables. No sé por qué tengo tan grabado el clima. En Buenos Aires hacía un calor sofocante, pero dentro del Banco sufríamos un frío invernal (el aire acondicionado en algunos locales puede helar hasta los suspiros). Entonces la rutina diaria comenzó a tener algún tipo de imperfección. ¿Cuándo lo trivial y cotidiano se convierte en signo? Hasta ese momento nada me hacía suponer lo anormal y si no fuera por un giro en mi manera de ver las cosas todo hubiese seguido inadvertido. Ese día se sucedieron una serie de pequeñeces que podrían parecer insignificantes pero, sin duda, tenían el común denominador de lo infrecuente que comenzó a preocuparme.
En primer lugar, Gerardo tuvo conmigo una actitud extremadamente amable. Todo el tiempo estaba alabándome y felicitándome por mi trabajo. No es que fuera la primera vez que tuviera este tipo de conductas conmigo, no obstante, antes siempre lo había hecho por alguna buena razón, por algún cálculo de ganancia posterior (en definitiva era un buen bancario). Gerardo era un pequeño hombre, no sólo por su estatura, lo era en el sentido moral de la expresión. Era el típico individuo que conoce sus limitaciones físicas y naturales y halla en eso un motivo para una fortaleza de otra índole. Cuando no se tienen las mejores condiciones intelectuales muchos desarrollan una rara habilidad, echan mano de recursos evolutivos de especies inferiores, es decir, generan una sagacidad y una intrepidez que les permite la supervivencia. Es el secreto de la especie humana. Tendría que haber sucumbido ante otras por su debilidad comparativa. Sin embargo, se impuso al resto por su astucia maligna. Después de un tiempo uno se pregunta ¿cómo terminaron en puestos jerárquicos los que ahí están y uno obedeciendo sus órdenes? Pude ver el ascenso de Gerardo durante esos años y pude reflexionar muchas veces como colaboré con él, enseñándole el trabajo que aprendía complacido entre elogios hacia mí y genuflexiones hacia los gerentes de turno. En aquel tiempo ya se había convertido en jefe del sector inversiones. En fin, que Gerardo nos alabara, a cualquiera de nosotros, era un signo de que algo estaba por pasar. ¿Qué se avecinaría? Por ejemplo, un pedido de informes hacia su gestión o una auditoría para la cual había que tener todo en orden. Pero, por más que me esforzara en pensar, nada justificaba esa actitud que tuvo ese día hacia mí, ya que no parecía que él fuera a recibir ningún beneficio a cambio de sus cumplidos.
Esa misma mañana me tocó atender a un individuo bastante extravagante. Su contextura era enorme, gordo, con barba y poco pelo mal peinado, toda su figura trasuntaba más edad de la que su documento declaraba, de ocupación fletero. Llegó hasta el mostrador porque el cajero automático no funcionaba. Lo trajo hacia mí un desperfecto de la tecnología. Luego de hacerme una consulta sobre cómo llenar una boleta para extraer dinero de una caja de ahorros me consultó acerca de los requisitos para la apertura de una cuenta corriente. Le pregunté si era común que trabajara con cheques y ni siquiera se molestó en mirarme ante mi consulta. Le di la información requerida, incluyendo las planillas de referencias de rigor. El sujeto vestía una camisa sin mangas de un color gris pálido por los lavados y un tanto sucia, como de grasa de algún motor. Yo no podía sacar la vista de un tatuaje que lucía en su brazo derecho, cerca del hombro. El tatuaje se parecía a un pintura de De Chirico. El dibujo copiaba la obra llamada La conquista del filósofo, la misma tenía en primer plano un cañón y dos alcachofas como balas, más atrás un reloj y, al fondo, un tren que partía sobre un escenario industrial. Esa obra es una especie de visión escéptica del progreso, expresa la partida hacia rumbos desconocidos de la civilización industrial. Me pregunté cómo podía un hombre de aspecto tan rústico haberse tatuado esa imagen, tal vez la vio y le gustó estéticamente. Esta posibilidad no me pareció muy verosímil, pues la pintura no tiene un encanto especial que estimule el gusto popular precisamente. Sus colores son opacos, el trazo es simple, el dibujo esquemático, está cargada de símbolos que solamente pueden apreciarse, en su sentido, captando la idea del artista. Era poco convincente que semejante bárbaro pudiese haber ahondado en la obra de aquel pintor, en especial por ser su arte de profunda raíz filosófica, como de hecho, denunciaba el título de la obra tatuada. En general, para quienes se dejan tatuar, existe alguna identificación simbólica con el dibujo, una posibilidad era que declarara con él su ambición de conquista, aunque nada de filosófico veía yo en aquél hombre. No se me ocurría que estuviese en ese personaje la intención de enviarme un mensaje a mí. No obstante, las cosas nos hablan de un modo misterioso y más claramente que los seres humanos. Este acontecimiento fue una premonición de mi futura conquista, en la cual, toda una auténtica empresa filosófica tuve que afrontar, la de hallar la Verdad, no la más profunda, sino la única.
El problema con el lenguaje humano es que sirve para mentir y en una palabra o expresión habitan significaciones diversas y ambiguas. Por eso es que las ciencias humanas no han avanzado lo suficiente, siempre erróneas, falibles, desorientadas, porque en el fondo de estas ciencias late el lenguaje humano. Las cosas, en cambio, no mienten. ¡Si pudiéramos escucharlas con mayor atención! Tardé mucho en darme cuenta de que los elementos del mundo son más confiables que las personas. Y la prueba de su fidelidad está justamente en sus excepciones y accidentes. De hecho, la ciencia avanza cuando resuelve un problema. Esto supone que se debe partir de una dificultad planteada por la naturaleza y ésta no se cansa de plantear nuevas dificultades y desafíos, ella es la que nos orienta. Junto a estos desafíos de los seres naturales se encuentra la rebelión de los seres artificiales creados por el hombre. Las máquinas no se cansan de fallar, en especial las que tienen que ver con la electricidad. En el fondo, estas máquinas funcionan merced a hechos referidos a la física de partículas y no ha de sorprendernos que los físicos encuentren en los fenómenos subatómicos muchos interrogantes sin resolución. Ese parece ser un gran misterio. Las partículas muestran su mayor descontento con el hombre, o tal vez, pienso ahora, han manifestado siempre una alarma. En ambos casos, las cosas naturales o artificiales hablan. Saber qué dicen no es sencillo, lo cierto es que alertan acerca de que nada es como parece ser, nada hay de seguro, simple o calculable.
Esa bestia se fijó en mí antes de retirarse. Observó mi atención sobre el tatuaje. Creí que me insultaría. Me dijo acercando su aliento de cerveza a mi cara.
–Este tatuaje me lo hicieron hace veinte años. El que me lo hizo me aseguró que toda obra de arte es un tesoro. Yo lo llevo como si lo fuera, pero todavía no lo entiendo.
Algo más estaba por ocurrir. Esa tarde, alrededor de las 15.00 hs., se estacionó un patrullero en la puerta. Dos policías se colocaron detrás de él con armas largas apuntando hacia adentro. Otro se acercó a la entrada y divisó al guarda haciéndole una seña para que bajara de su garita. Todos quedamos petrificados ante la escena que parecía de película. Luego de haber bajado el guarda junto con el policía que había llegado recorrieron el local en forma lenta, con sus armas en la mano, ante la mirada asustada del personal y del público presente. Por último, comprendimos que se trataba de una falsa alarma. En la sucursal, como en todas las demás, existen estratégicamente colocados, pulsadores que se conectan directamente con la comisaría más cercana. Sólo es preciso apretar dos veces para dar la alarma. Era evidente que los mecanismos eléctricos fallaron o, mejor dicho, actuaron por su cuenta. Recuerdo que creí más plausible la teoría de que Espartaco hubiese pulsado la alarma. Ya lo mencioné, daba el tipo. No era más que un simpático alborotador de barricada con el espíritu de los sesenta. Una persona con discurso utópico que odiaba tanto como yo estar donde estaba, pero con iniciativas revolucionarias pasadas de moda. Después de todo ¿qué queda cuando la revolución fracasa y cuando la posibilidad de cambios sociales profundos son un desengaño cotidiano? Respuesta: burlarse de las instituciones, tratar de que se malogren sus fines, denunciar su propio grotesco, manifestar el desencanto que producen. Espartaco ejercía esta especie de resistencia inútil, sabía que la guerra estaba perdida, no aspiraba más que a ganar alguna batalla pequeña. Creí adivinar, luego de este suceso, una mueca de risa debajo de su lánguido y fino bigote. Sin embargo, luego lo consideré inocente, cuando pude atar cabos y me convencí de que, antes de su rebeldía, estaba la de los seres menos tenidos en cuenta, los más pequeños, las partículas, de las cuales los pobres del mundo que protestan son sólo una alegoría malograda.
A la hora de la salida traté de dirigirme hacia Gerardo, ese ser rastrero y servil, para comunicarle que me retiraba. Esto lo sorprendió mucho, pues consideraba que aún no era la hora de salida. Un obsecuente aplicado nunca atiende al tiempo que debe trabajar y Gerardo nunca miraba su reloj. Es más, Gerardo solía quedarse trabajando cuando todos se iban, incluso después de retirarse el propio gerente, cuando ya no quedaba ninguna mirada que le otorgara algún mérito a su esfuerzo. ¿Para qué empeñarse en demostrar algo cuando nadie lo veía? Es que, con los años, Gerardo se había convertido en el perfecto ejemplo del triunfo del sistema. Se habían automatizado tanto sus conductas que el fin mismo por el cual las realizaba podía esfumarse y el afanoso trepador continuaba en la brecha, como si mil ojos lo contemplaran.
Cuando le hice notar la hora comprobó que su reloj se había detenido a las 15 hs., justamente cuando ocurrió aquella falsa alarma. Entonces, no pude dejar de pensar que su reloj había fallado –algo que él nunca se hubiese permitido aceptar de sí mismo– y le jugué una broma haciéndole notar que en él no todo era perfecto. Fue su palabra, ingenuamente dicha en el fondo, la que me despertó todas estas cavilaciones posteriores acerca de las máquinas:
–Las máquinas se equivocan, yo no –sentenció con superioridad eclesiástica.
Yo bien podía leer esa frase exactamente al revés. Somos nosotros los que erramos, las máquinas siempre nos demuestran algo, nos llaman la atención. Cuando fallan, simplemente, es que han decidido no colaborar.
Todavía no sé por qué al regresar a casa todos estos hechos estaban en mi cabeza como si fueran uno solo, con la sensación, además, de lo insólito y llamativo. Pensé que en la tranquilidad de mi departamento se escaparía esta impresión que me intranquilizaba. Lo cierto es que me dominaba una atractiva inquietud.
La soledad ha sido mi mejor compañía desde que perdí a mis padres, diez años atrás (del accidente sólo me salvé yo por milagro). El departamento, cerca de la Plaza Güemes, en el que vivía, era mi refugio. El espectáculo de la fachada de la Iglesia de Nuestra Señora de Guadalupe me parecía que no tenía nada que ver con ese barrio. Es que esa virgen latinoamericanizada contrastaba con la gente que habita la zona, tan proclive al gusto por lo foráneo. Esa parroquia debería llamarse Nuestra Señora de la Gloria o del Celestial Manto. El barrio no tiene nada que lo asemeje con historias de aborígenes analfabetos. Mi gusto por la soledad me ha ganado fama de poco sociable, cosa que no pretendo desmentir. No me gusta la fácil conversación. Por otra parte, desde que tengo memoria experimenté que en mi intimidad, en lo más profundo de mi propio ser, se hallaba todo el universo, el conocido y la porción por conocer. Los libros, otros seres inanimados, me otorgaron mis mejores momentos. De este modo adquirí una cultura de la cual me enorgullezco, aunque ningún título académico la avale. Debo reconocer que intenté seguir varias carreras: Ciencias Físicas, Agronomía, Filosofía, Matemática, Astronomía, Sistemas, y alguna otra que se quedó en mis intenciones. El resultado de mi paso por la universidad me dejó la sensación de que el conocimiento de los grandes pensadores era interpretado, transformado y, en definitiva, tergiversado por las cátedras. Hacía cuatro años que había ingresado en Derecho, me había obsesionado con la idea de la Justicia, me parecía que era la única forma de trazar un puente entre lo abstracto de la razón y la particularidad de los hechos cotidianos. Llegué a esperanzarme con mucha convicción en encontrar los dispositivos más adecuados que pudieran hacer surgir una sociedad más equitativa. Esa era para mí la única aplicación del conocimiento que merecía esfuerzo y dedicación.
A los treinta años, edad en la que me encontraba entonces, la madurez intelectual alcanza un pico de rendimiento. También es edad para plantearse el futuro con seriedad. Yo estaba seguro de dos cosas: una, que no quería jubilarme en el Banco; y otra, que no me casaría hasta que no encontrara una mujer a mi nivel cultural. No había, como queda a la vista, un propósito positivo, eran convicciones nacidas de la negatividad. Creo que en mi interior yo buscaba ansiosamente ese proyecto que me orientara de una manera más clara en mi existencia.
Llegué a mi casa resuelto a leer algo para sacudir de mi cabeza la molesta excitación que se me había instalado. Perdí mucho tiempo ordenando unas ropas, se hizo de noche y entonces hubo un apagón. ¡Otra vez la electricidad! ¿Otra vez? ¡Cómo si fuera una novedad! Es notable darse cuenta de que, en definitiva, todos nuestros procesos de conciencia están sometidos a variaciones de impulsos eléctricos: el placer, el dolor, los recuerdos, los procedimientos intelectuales. La electricidad es un factor permanente en el cerebro, se ha colado desde la naturaleza para provocar, en el ser humano, una conmoción, un sacudimiento en la simple materia. ¿Acaso no es lógico otorgarle cierta intencionalidad? De niño solía creer que en algún lugar del cosmos alguien se burlaba de mí cuando el aparente azar frustraba mis mejores planes. Esas ideas era fácil otorgárselas a la imaginación infantil. De todos modos el niño nunca nos abandona, antes bien, nos persigue frustrado, intentando que seamos aquél héroe en el que presentíamos nos convertiríamos de adultos. Pensé, con un tono realista, que era infructuoso luchar contra el destino y contra un corte de luz.
Una casa a oscuras tiene muchos habitantes. Por una razón, que nunca comprendí bien, los muebles de madera crujen en la oscuridad como no lo hacen con la luz. Sentí sus quejas en muchas madrugadas de insomnio. No me asustan los ruidos, nunca creí en fantasmas o cosas por el estilo. Más bien la idea, que para esa época maduraba en mí, era la ya mencionada de una especie de comunicación malograda de las cosas inanimadas. Pensaba yo en todo esto, jugaba con mis ideas en la sombría y fría cocina, mientras volvía a invadirme esa vaga inquietud que me acompañó toda la jornada. Es extraño como nuestras sensaciones se despegan de ciertos comienzos y vuelan solas por nuestro espíritu, de manera que, cuando ya no hay causa que las justifique, ahí están, como Gerardo, trabajando sin motivo alguno. Me sentía intranquilo, un poco exaltado y con una agudeza perceptiva propia de los ciegos y los gatos a los que lo más mínimo puede ponerlos en estado de prevención. En esa condición, sonaron dos golpes en la puerta. Me acerqué dubitativo, pregunté quien era con el pecho alterado. Me tranquilizó la voz del portero del edificio que me informaba de un corte de luz zonal y que en quince minutos todo se solucionaría. La energía eléctrica se restableció mucho después de lo anunciado. Lo advertí por el sonido del motor de la heladera, pues mis ojos estaban adormeciéndose. Recordé que no había cenado y que había perdido la noche, no más que el día.
Resolví ver televisión mientras cenaba. Decidí ver La rosa púrpura del Cairo de una vez por todas, ya que nunca antes lo había hecho, en parte porque todos mis compañeros del Banco no me la recomendaban. El film me provocó una conmoción muy fuerte. La idea de hacer desaparecer el límite entre la ficción y la realidad y la de cuestionar lo cotidiano no me resultó demasiado nueva. Lo que me impresionó fue la perspectiva, según la cual, los personajes de una película trabajaban de personajes, es decir, sabían perfectamente que su función era la de actuar, representar un papel para otros. Eso llamó mucho mi atención, al punto que no pude dormirme con facilidad. Reflexioné sobre todas estas cuestiones, uní la posibilidad de recibir mensajes enigmáticos por diferentes vías mientras los seres humanos tratarían de ocultarlos. Recordé que cuando era chico jugaba ese juego macabro de hacerme el muerto para provocar la desesperación de mis padres. De niño pensaba que todo era una gran farsa armada a mi alrededor. No podía ser que las personas mayores tuvieran una vida tan aburrida. Se me ocurría que todos fingían vilmente la parodia de la vida frente a mí. Lo único en verdad serio y que tenía sentido eran mis juegos. Evoco mis juguetes: mis autitos de plástico y mi tren a cuerda, mi bicicleta y mis soldados de guerras desconocidas. Lo que más añoro son mis partidos de fútbol en el patio con rivales imaginarios a los que me resultaba sencillo gambetear, partidos históricos que eran definidos por mi capacidad goleadora. ¿Qué más podría haber en el mundo de los mayores que les requería tanta atención y preocupación? ¿Qué podría tener más importancia allá afuera que mis fantasías interiores? Yo he visto en innumerables ocasiones a los cercanos adultos atribulados por los giros de la política y de la economía. Hasta los noté exasperados y prestos a dirimir una discusión por la vía de la agresión o hundirla en el amargo disgusto que fomenta rencores. He visto en mi niñez trabajar a los adultos, vi a los zapateros pegar suelas, a los carniceros sacarle filo a sus cuchillas, a los fiambreros pesar la mortadela, a los gomeros engrasados cambiar neumáticos. Ninguno de ellos me dio una cifra, una brújula, una orientación, una sugerencia, en su trabajo cotidiano, de que aquello que estaban haciendo colaboraba con la vida y la razón de ser. No sé de dónde sacarían esas personas la fuerza para esas faenas, que afrontaban de modo tan encomiable, con el entusiasmo que merecerían las gestas históricas. Porque hay que poseer una profunda motivación para dedicarse ocho, diez o, tal vez, más horas diarias a trabajos de escasa recompensa espiritual. Claro que yo no conocía, cuando era chico, lo que significaba una recompensa económica. Mi mundo estaba exento de todo signo monetario. Por eso es que no entendía el valor de las cosas ni el porqué era imposible para mis padres adquirirme tal o cual juguete. El dinero no existía para mí, salvo bajo la forma de un simpático tintineo en una alcancía del pato Donald que tenía más un valor afectivo que monetario. Cuando crecí pude verificar la verdadera razón que tiene el mundo adulto para esforzarse. Es una bochornosa compensación que se traduce en billetes, los cuales son intercambiados por otros productos o servicios. Comprendí que residía en ese comercio la fundamentación de toda una civilización. El dinero nos ayuda a vivir, ése es el comienzo, lo más significativo quedaba por resolver. ¿Vivir, para qué?
Hacerme el muerto no tenía para mí sólo una finalidad sádica, era el modo de poder desenmascarar a los farsantes, los cuales ante mi muerte deberían dejar de simular y yo, finalmente, los descubriría. Recordé que esto pensaba a menudo cuando era niño, que yo era el centro del universo y que los demás representaban papeles secundarios destinados a que yo viviese. Me dormí convenciéndome de eso, tal vez para encontrar en el sueño otra realidad.
El día siguiente en mi trabajo fue insoportable. Cada vez que me nombraban me sentía señalado, cada vez que me miraban imaginaba que una lente se posaba sobre mí. Las expresiones con doble sentido, incluidos los chistes, pasaron de ser graciosos a sospechosos. El aburrimiento o la rutina tiende a buscar complicidades en las maneras de interpretar ciertos términos, casi siempre en forma soez. ¿Qué necesidad habría en fraguar una afirmación? ¿Qué es lo que nos hace decirla en forma solapada? Ese ingenio es, precisamente, más festejado que cualquier comentario sincero. Nunca me habían gustado mucho esas formas y ahora comprendía que mi lenguaje no las incorporaba porque yo no podía compartir esos modos, había en esas costumbres algo que me repugnaba. Empecé a creer que toda imprecisión adrede del lenguaje era una forma de burla hacia quienes amamos la verdad. El lenguaje no sería sino una de las mejores formas del engaño que hemos asumido.
Estaba yo pasando los datos de un plazo fijo a la computadora cuando medité un poco acerca de investigar distintos ámbitos, aunque fuera a modo de entretenimiento, para verificar la idea del engaño. Al modo cartesiano dudé de todo, pero en lugar de quedarme encerrado, especulando, estaba decidido a combinar la reflexión con trabajos de campo. Tenía un objetivo planteado, me tomé la empresa muy en serio, probablemente porque por primera vez aparecía algo en mi vida con signo positivo y eso me emocionaba. O porque ese divague me deportaba de mi práctica mansa de preguntar a diario:
–¿Va a retirar algo o va a renovar por el total? ¿A qué plazo lo va a hacer? ¿Conoce los beneficios del Fondo Común de Inversión?
Cuando el cliente verificó la errónea tasa que había yo dejado impresa casi tuvo un ataque y me increpó por mi torpeza. Me di cuenta de que pronto debería dejarme de imaginar aquellas quijotadas y buscar un nuevo empleo. Porque ¿qué diablos estaba haciendo yo en ese lugar recibiendo indicaciones de imbéciles y atendiendo con amabilidad a personas cuyas ocupaciones y preocupaciones más rastreras las traían a requerir mis servicios?
Todavía faltaba para mi gran revelación, este fue sólo el comienzo, lo demás se desenvolvería con cargada parsimonia. El ovillo ya se estaba desarmando, las cosas habían comenzado su curso inexorable, definitivo y preciso. Toda verdad está sostenida en el tiempo del que nadie huye. La verdad necesita del tiempo y es como la culpa, infalible cuando nos persigue.
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