EL DISCÍPULO DE VARDHAMANA
Cuando el Ganges, antes de hacerse uno con el gran mar, arrastraba una animosa claridad, desplegando en su andar un hilo de luz celestial, dando a la tierra su límpido azul para que ésta, a su vez, la repartiera en mil formas –ya como trigo, ya como maíz, cebada, o bien, floresta silvestre–, las que alimentan a las inquietas aves, al ganado y al hombre; cuando sin celo ni ahorro, la vida, inestable, generosa, prolífica, desbordaba su aliento, transformándose, ocultándose místicamente; cuando los pájaros corrían amenazados por la mancha roja del amanecer; cuando las noches calladas olían a magnolias y cabras peregrinas parecían perseguir centelleantes luciérnagas; un hombre, reunió en un puño: el río, los sembrados, la llanura, las montañas, las aves, la luna y el sol, luego, los arrojó ante sus seguidores, para que, como la sal se unieran a esa masa y perdieran todo miedo y ganaran la divinidad. Vardhamana, tal era el nombre del vigésimo cuarto tirthankara, santo como los anteriores jainistas, pero el mayor de todos los profetas, más grande aún que Parshva.
Ahmabharat fue a su encuentro inspirado por el magnífico beneficio de formar parte de la comunidad fundada por el conquistador del espíritu. Era príncipe, pertenecía a la casta de los ksatriya y, como tal, no podía desperdiciar la oportunidad de convertirse en un dvija, un renacido, para liberarse así del karma. Por eso, cuando oyó que un tirthankara reclutaba monjes en Magadha abandonó su noble cuna –como lo había hecho quien sería su maestro–, renunció al destino terreno del hijo del rey Bimbisara y, a pesar de su juventud, se unió al embelesado grupo para oír, al igual que los demás yatis, de los labios del maestro, la sagrada doctrina que permite alcanzar la salvación luego del ciclo de las reencarnaciones.
El rito de iniciación se desarrolló junto a otros dos futuros discípulos, rodeando un pequeño fuego apenas abierta la mañana, mientras en un círculo mayor se encontraban los demás dvijas. Vardhamana atravesó la ronda primera y luego al imaginario triángulo formado por los iniciados para recitar junto al fuego unos himnos –parcialmente védicos–, después se dirigió a cada uno de los recién llegados y mirándolos fijamente a los ojos les dijo sucesivamente: “Que tu pensamiento alcance el conocimiento y que tus acciones manifiesten tu única meta, eliminar todo lo propio para alcanzar tu liberación definitiva”. Finalmente, colocó a cada uno un cordón de lino rodeando su cintura y un bastón en sus manos. Como lo exigía la tradición, Ahmabharat permaneció en silencio y de pie el resto de la jornada, junto al fuego en la mañana, a la sombra de un arbusto en la tarde, frente al río durante la noche.
Como la flor de loto se abrió el alma de Ahmabharat ante las enseñanzas del maestro. Los polvorientos caminos, las estrellas, la caña de azúcar, el bambú, el rinoceronte, el búfalo, la cobra y el pavo real, se entrecruzaban en la mente del joven discípulo de una manera confusa y antojadizamente etérea, cuando Vardhamana hablaba el mundo no parecía real y las cosas perdían su contorno. El hijo de los Nayas cautivó los oídos jóvenes con palabras de bienaventuranza, ese nirvana que se alcanza tras la práctica de los samskaras, ritos privilegiados de las castas superiores. Ahmabharat conoció la máxima de la no violencia, no cometer daño a ninguna criatura, no proporcionar sufrimiento a ningún ser. Por esta puerta de maravillosa sabiduría entró el joven yati al territorio del abandono de sí mismo. Jamás olvidaría aquel amanecer fresco junto a otro fuego que le recordaba el de su iniciación –si es que no era el mismo–, cuando Vardhamana dijo: “El mayor de los engaños es creer que estamos aquí junto a un fuego viendo crecer otro mayor y distante. Nuestro mayor error sería creer que cada uno es otro, distinto, opuesto. Si Vardhamana piensa en Vardhamana se equivoca y su error lo aleja del mundo, en ese extravío, su interés, su placer, su deseo, lo aparta del resto de las cosas. Aislado, solo, creería ser lo que no es en su ilusión de separación. Esa es la raíz de todo mal, de ella se engendra el egoísmo y las pasiones. Nuestra primera obligación es el reconocimiento de nuestra condición errónea, en la que nos juzgamos individuales, para saber que no somos nada y somos todo. Si esto comprendo ¿cómo podría extender mi mano para dañar a mi amigo o a un desconocido forastero siquiera? Más aún, si he aprendido esta sabiduría, entonces, todas las vidas deben ser respetadas por mí, a tal punto de no ofenderlas en lo más mínimo, ninguna violencia acerca la liberación”.
Otros principios fueron más duros de aceptar, como la abstinencia sexual o el rechazo de innecesarios regalos. En cambio, se adecuaban mejor al espíritu noble de Ahmabharat: no mentir ni robar. La veneración que los piadosos hermanos debían a los yatis le proporcionaba un áurea terreno, una corona de humana pleitesía que fortificaba su ánimo, balanceando la aspereza de su vida ascética.
La más tradicional de todas las doctrinas de Vardhamana era aquella que emparentaba a los jainistas con los antiguos escritos védicos, esa que establecía la necesaria y sucesiva serie de reencarnaciones como la fatal regla antes de la definitiva liberación de este mundo fugaz y aparente. Esa doctrina era, justamente, la que se presentaba densa y enigmática al pensamiento del joven.
En una oportunidad, luego de tres días de ayuno, Vardhamana dijo: “Escuchadme, si hablan o callan, si comen o hacen ayuno, si duermen o vigilan, si piden o roban, si piensan o miran, en fin, todo lo que hagáis quedará dentro vuestro, las acciones son el alimento del alma, nos mejoran o degradan, nos hacen buenos o malos según sea el caso. Nadie puede escapar al karma, esta es la senda por la que transita el universo y es inevitable recorrerla por los que no han alcanzado su liberación. Y si preguntarais de qué hay que liberarse, os contestaría: de esa misma senda. Mientras esto no suceda quedaréis aprisionados vagando de vida en vida según el karma lo establezca. Si vosotros hoy estáis escuchando mi palabra sabed bien que es por la virtud alcanzada en vuestras anteriores vidas y ahora estáis cerca de la liberación. Ved aquel buey, tal vez ayer ha sido un hombre codicioso y pendenciero, sin embargo, tal vez mañana, esté escuchando vuestras palabras como vosotros hoy escucháis las mías. Perseguid los preceptos que os indico, pues es tiempo de elevaros a lo superior donde no existe el hombre, el buey, el bosque o la estrella, porque todo está allí reunido en la gran unidad original y eterna”.
Mil preguntas se agolpaban en la mente de Ahmabharat y se embestían entre sí como jabalíes encerrados. Una tarde, cuando el oriente del Ganges no reflejaba ya luz y ambos, el guía y el devoto aprendiz, puestas las miradas fijas en la orilla opuesta pretendían no pretender, hubo lugar para una nueva lección. Ahmabharat cuestionó a su maestro:
–Maestro Jina, tu palabra gratifica mi espíritu y en su consuelo el viento parece que quisiera arrancar mi corazón y llevarlo hasta aquel horizonte que se quema y se muere; y otras veces, siento, cuando tú hablas, que puedo tocar la cumbre blanca del gran monte. Aún así, déjame que te interrogue, pues mi imperfecta condición no permite que me hunda en tu doctrina como la piedra en el río.
–No alcanza –respondió Vardhamana– con que la piedra se hunda, debe todavía deshacerse en el agua.
–Mientras esto ocurre, explícame el misterio por el cual habiendo sido hierba, me desagrada el estiércol; habiendo sido león, éste me espanta cuando me acomete; habiendo sido pájaro, no comprendo su voz.
El gran maestro tomó aire para impregnarse de la savia eterna del universo y contestó:
–Los tigres, los elefantes, las serpientes, las garzas y la teca que has sido, viven en ti, respiran tu aire, comen tu alimento, hablan en tu alma, suspiran por la eternidad que alcanzarás. Has abandonado riquezas y placeres, pero aún estás atado al yugo más fuerte y duradero, estás aprisionado a ti mismo, a esa esperanza vacía de ser, a tu nombre único y diferente. Cuando comprendas que no eres sino la imagen de lo que crees ser y te confundas en el perfume de los pinos y te disuelvas como la nieve sobre el suelo de la primavera, no hablarás el lenguaje de la tierra ni recordarás los seres que has sido como diversos. Entonces, comerás el estiércol, acariciarás a las bestias y hablarás con las aves.
Otra tarde, más calurosa, maestro y discípulo descansaban bajo un cedro nuevo. Ahmabharat tomó la palabra:
–Maestro Jina, disculpa si mis demandas ofenden tu perfección, cobíjame en tu manto santo y atiende con piedad mi ignorancia que es mi desgracia primera. Entre mis muchos pensamientos hay uno que me frecuenta y me hostiga, permíteme hacértelo saber.
–Te escucho hijo –dijo el gurú.
–Dime maestro –prosiguió el joven– ¿has conocido la historia de un hombre llamado Rabad que vivía en Harappa, hombre humilde y bondadoso del que se decía que luego de mendigar por caminos y templos olvidó su nombre y hasta de sí mismo creyendo ser una paloma dorada? Pues en ese estado creía volar mientras corría y cuentan que inspirado por una maldad desconocida, asaltaba y mataba caminantes, hasta ser llamado por la gente del lugar: “Paloma dorada de la muerte”. Me pregunto si tal transformación, tan profunda, sufrida en vida, podría ser en aquel hombre, una forma de reencarnación sin muerte.
El maestro hizo un largo silencio. Luego habló.
–Hijo mío, la muerte no es sino un damasco que cae ya maduro cuando el tiempo se cumple. Hay hombres que apresuran su cosecha y son llevados, por el karma, que todo lo rige, hacia un lugar más bajo, un descenso en su camino.
–Maestro Jina ¿por qué el hombre bueno degrada en paloma malvada?
–¿Acaso quieres conocer el secreto del cielo en la tierra?
–dijo Vardhamana silenciando al muchacho.
Una noche estrellada y susurrante Ahmabharat interrogó una vez más al santo profeta.
–Maestro Jina, sabemos que hay una sola ley en el universo que todo lo rige, el karma, que es la ley de Maya. Sabemos también que matar o ejercer violencia dificulta
–como todo pecado– la liberación ansiada según aquella misma ley. Dime entonces, ya que tan grande es tu sabiduría ¿por qué para un tigre resulta imprescindible y obligatorio, atacar a su presa? ¿Cometen ellos alguna falta en tales casos al responder a su naturaleza? En tal caso, si así fuera ¿un animal salvaje nunca podrá liberarse? ¿No es eso opuesto a lo que afirmamos cuando decimos que las culpas pueden superarse en la siguiente reencarnación y que nosotros mismos hemos sido ese tigre?
–El bien o el mal –respondió el imperturbable maestro–, la virtud y la culpa son juzgados conforme a la forma que la vida ha elegido.
–Pues entonces –insistió el alumno–, si como tú dices, el bien o el mal se juzgaran desde la hechura de cada cosa ¿por qué los males cometidos en una vida no se pagan en ella misma sino en otra y por qué las virtudes de una vida se aplican a otra? Según lo que tú afirmas un leopardo imperfecto no podría cubrir su defecto nunca siendo perro, pues la perfección o el bien de éste –al igual que su mal– sólo puede estimarse desde su propia naturaleza; y así, la nobleza de tal perro no tendría relación alguna con la impureza de aquel leopardo que fue y no podría redimirla nunca. Si es así, no sería posible admitir ninguna ley universal que rija uniformemente las acciones de los seres. Por otra parte ¿no exige la reencarnación una ley universal que la dirija y ordene? ¡Oh maestro sabio, ilumíname te lo ruego porque me siento confundido!
Vardhamana permaneció inmutable observando un astro como en un rito hipnótico hasta perder su conciencia y todo juicio en un éxtasis sin sentido. Por un largo tiempo el santo no exhaló aliento. Tal vez, al igual que otros maestros orientales, esperaba que el silencio fuera el pórtico abierto a la voz interior en el discípulo, tal vez, lamentaba la distancia que los separaba, tal vez, no había nada que responder.
Ahmabharat fue el más apasionado defensor del jainismo cuando Vardhamana se liberó de su karma y de su purusa atman, su existencia ilusoria individual. Se dice que aquel peguntón fue el primero en andar con un trapo en la boca para evitar que cualquier minúsculo insecto se introdujera en ella, eludiendo, de tal manera, quebrar el voto de no causar daño a ninguna criatura, ingeniosa manía que lo obligaba también a permanecer en silencio. Dicen que solía quedarse sentado y en silencio muchas horas. Un día, por fin, alcanzó su mokhsa.
Bimbisara y su esposa fueron traídos para despedir ese cuerpo de caña. No pudieron reconocer en él al príncipe de Magadha, igualmente participaron de los ritos funerarios y honraron a un discípulo de Vardhamana.
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